De arafue

Siempre sentí mucha envidia por las personas que saben cómo hacer para suspender su entendimiento momentáneamente ante una situación para disfrutar de ella. El problema de no poder hacerlo es comprender cómo funciona un evento antes de sentir lo que sea que uno debería sentir. Y seguiría con esta explicación, pero de pronto resulta que me estoy justificando.

Tengo que escribir más rápido.

Esperando a Godoy

Rápido antes que pase otra vez. Primero fue la rambla, la cara de ella a los pies de una escalera, yo sentado en el primer escalón. Arriba hay un espectáculo artístico con toda la efervescencia irracional que me pone tan incómodo. Empieza a subir el agua, me moja los pies y los de ella que se ríe porque cuando termine de subir inundará a todos los que saltan y gritan.

Salto, ahora estoy caminando por la vereda que bordea un liceo precioso. A mi lado viene una adscripta que me explica que voy a ir preso por matarla. Treinta años. En la mano lleva una caja de zapatos de color bordó con un cierre metálico grueso, la adscripta me explica que una vez en la celda debería dormir ahí dentro como parte del castigo. Parece una buena almohada y me alegra la futura ruptura a mi sentencia previa, aparentemente justa vista mi falta de respuesta. Llegamos a la puerta y me doy cuenta que no es un liceo sino una escuela. Lo primero que veo es que por el vidrio corren gotas y que hay una fila de sentenciados que me miran. Ellos tienen penas menores, están esperando para ir a la dirección y no mucho más. Salvo Sebastián, a quien desconozco más allá de su nombre, que ya está en una celda muy parecida a lo que era el aula de mis primeros años de educación formal. Sebastián se cuelga, la cabeza rueda después de quebrarse y va a parar debajo del escalón que estoy utilizando para entrar. Se rompe la continuidad, juego un rato en el patio y la historia queda inconclusa.

Llegó Godoy y empezó a picar la pared del cuarto de al lado, que es el mío pero no ejerzo. Dice que las veredas deberían ser tan anchas que los autos no puedan pasar, se ríe, mira un árbol y vuelve a picar la pared. Para cuando vuelve mi comprensión habitual de las cosas, ya había robado una hoja del laurel del patio y entendiendo mi vista perdida me explica que son para cocinar. Porque hace frío. Y llueve.

Cosas a mejorar.

Sistema Londres, también le dicen Pereyra. No sé por qué. Este tipo está nervioso, le tiembla la lapicera un poco ¿Cómovoyahacerparadejardepensarestamujer?deberíasersencillounavezocupadoelpensamientoenalgodesafiante. Por lo general, debería atacar el flanco de dama si el alfil de mi oponente, que corre por casillas blancas, queda por fuera de la estructura de peones Lamonogamianotienesentido,seimponetanrápidoqueparecieranormal,unoterminamaltrechoycausadoloralotrotanquerido. Bueno, ese peón cae en la próxima jugada, esto que me propone en el centro es un intento de contragolpe que no va a dar frutos si estoy atento Alfinallasoluciónpareceseruncomportamientoautodestructivoexpresadoenlapromiscuidad;noseveotrasoluciónquerenunciaratodoconstantemente. Si pongo más presión ponga de acá en más, va a cometer algún error más. No necesito mucho más que un error. Ahí está, una jugada desesperada; ahora es el momento Desesperada,porquenuestroamoresunaesmeraldaqueunladrónrobo¡sí!¡sí!des-espe-ra-da.Quétemazo.

1-0

artefactosdesperfectos:

Él vive tal maraña de mentiras que es incapaz -siquiera- de escribir sin falsear su sentimiento.
Es cierto que su prosa alucinógena le ha ayudado con sus abundantes (pero débiles, efímeras, vacías, mierdosas) conquistas amorosas.
Él busca escribir con pasión o mesura, con frialdad o emoción, con humor o ironía.

Lo que no sabe es que si busca en el cajón de los porta ligas, quizá encuentre una birome.

¿Me dejás que yo te dejo?

Esquivando rápidamente una serie de chistes soeces que se desprenden del título, me pongo a explicar en qué consiste el mecanismo al que hace referencia.

Cualquier persona que haya pasado por la educación primaria como corresponde conoce los complejos resortes que hacen funcionar las filas. Las filas para ingresar a un salón, para entrar en el ómnibus escolar cuando hay paseo, las prolijas que corresponden a los actos, las que se arman en gimnasia y demás. Creo que es sano, para nuestro propósito, diferenciar estas filas en dos tipos: unas que tienen su orden establecido por la autoridad (por orden de altura, generalmente) y otras que se autogestionan. Dentro de las segundas, que son las que nos interesan, están las que se estructuran por la normativa (como para ingresar a “Canto”) y aquellas que son necesarias debido al entusiasmo que genera la actividad a realizar en cada eslabón. Nuevamente nos quedaremos con el último caso expuesto, por lo tanto hablamos de filas que se organizan de forma espontánea debido a que todos queremos hacer lo que va a suceder y no podemos hacerlo a la misma vez.

Aquí el que primero llega es el privilegiado que inaugurará la excelente acción a realizar. Todos queremos ser él o ella y cuanto más podamos acercarnos a su posición, mejor. Lo recomendable para hacer esto es estar atento y correr rápido, o una de las dos. Una vez formada la fila, debemos contentarnos con el puesto que nos tocó y esperar pacientemente.

Es acá donde entra la inventiva infantil en la que intentamos echar luz sin miedo a las inevitables represalias que nos esperan: hay niños que saben cómo mejorar su posición en la fila ya formada con un artilugio que raya con la inmoralidad. La estratagema consta de encontrar alguien de nuestra extrema confianza, amigos o muchachas que sabemos que gustan de nosotros, y pedirles amablemente que nos dejen ubicarnos delante de ellos. Como los niños son amistosos y enamoradizos pero no estúpidos, esto no solía funcionar. Entonces, la genialidad: el pedido viene acompañado de un contrato intangible que indica que apenas ocupemos el lugar privilegiado del compañero le dejaremos nuestro nuevo lugar, quedando detrás de él y perjudicando indefectiblemente a todos los que están detrás. El contrato se pone sobre la mesa pronunciando “¿me dejás que yo te dejo?” y, de ser aceptado, se procede a hacer realidad el enroque, que es llevado acabo meticulosamente, con ambos cambios de posición, para demostrar que uno no está haciendo trampa sino que lo que se da está amparado bajo la estricta normativa social que rige el comportamiento en las filas de la escuela.

Quien escribe esto aceptó muchos de esos contratos y propuso muchos otros; casi siempre llegaron a buen puerto. Además sospecho que nuestra vida como adultos está llena de este tipo de trampas que pasan desapercibidas ante nuestros ojos, como lo hacía el mecanismo demostrado para los que quedaron atrás del todo, esperando que les llegue el momento.

Sobre volver a hacer cosas

Entonces pasó porque se dio vuelta. Porque la encontré en un cajón que estaba muy alto y omití lo extraño del evento, pensé que había sido un olvido y que todo podía ser como antes. Hace tres días que todo es como antes. Encontré en mi cama algo que tenía el aspecto de la cáscara de pan la de antes y alrededor tirabuzones blancos que se movían al acercarme a mirar. Livianos, entonces. Venían de adentro de la almohada que volvía a deshacerse por la punta colocada para que coincida con la terminación cerrada de la funda, una imagen familiar cuyo olvido hizo recurrir en un error molesto. Con un entusiasmo impropio de alguien en mi situación y una sonrisa algo tonta, junté cáscaras de pan y tirabuzones, la hice girar para que se deshaga bajo la contención de la funda una postergación y volví a descansar sobre la única almohada que me gusta.

Entrevista a los candidatos a Presidente del Frente Amplio.

—Quería preguntar a los candidatos cuál es su número preferido. 

A: —18. 
C: —18. 
X: —18. 
R: —18.

—¿Y si tuvieran que elegir otro?

A: —35. 
C: —35. 
X: —35. 
R: —35.

—Muchas gracias.

A: —De nada, es usted muy amable por ambas preguntas. 
C: —De nada, es usted muy amable por ambas preguntas. 
X: —De nada, es usted muy amable por ambas preguntas. 
R: —De nada, es usted muy amable por ambas preguntas.